microcosmos

noviembre 11, 2007

“…con el paso del tiempo veo que no soy mejor, que soy un poco peor incluso, porque yo ví siempre las cosas con mayor claridad que ellos y, sin embargo, seguí siendo incapaz de cambiar mi vida.” Henry Miller. Trópico de Capricornio.

A menudo, cuando era niña, mi madre solía decirme que no tenía los pies en la tierra. Eso me preocupaba enormemente porque pensaba que si no podía mantenerme fija en la tierra, con toda probabilidad antes o después saldría volando, despedida en una ráfaga de viento.

Como niña ojerosa, pálida y delgadísima que era ,llegué a la conclusión de que todo el problema se reducía a una cuestión de peso. Así pues, decidí que lo más práctico sería llenarme los bolsillos de piedras. Y así caminaba yo, contenta y confiada,con los bolsillos repletos de cantos rodados, guiñándole un ojo al viento porque sabía que no podría llevarme.

Cuando crecí, comprendí que ya no me hacían falta piedras para no volar.

Mi tendencia a no tener los pies en la tierra persiste, pero ahora, que conozco bien adónde me lleva ese viento, también he encontrado la forma más fácil de llenarme los bolsillos.

Vivimos inevitablemente en un microcosmos personal, cuyo centro geográfico es invariablemente nuestro ombligo.En este mundo a medida nos sentimos seguros, y confortablemente sordos, ajenos a cualquier gravitación fuera de nuestro cosmo.El paso desde esa cálida inmanencia a la íncomoda trascendencia es doloroso. Por eso la mayoría lo evita, se concentran en las pequeñas tretas y audacias que gesta nuestro minimundo personal para hacernos permanecer entretenidos (sufrientes o enamorados,estresados, cansados, divertidos, o borrachos) para que no haya posibilidad ninguna de que se nos lleve algún viento.

Desde la infancia ha sido difícil para mí, mantenerme en este microcosmos. Para suerte o desgracia tengo una enorme tendencia al vuelo sin motor y fácilmente me arrastra el viento.

Pero el lugar dónde te lleva el viento duele. Te hace sangrar.

Por eso, todos los días, rigurosamente lleno mis bolsillos de rutina. La rutina pesa tanto que deja mis pies bien fijos al suelo.Me permite sobrevivir. Y no me pregunto entonces por el sentido de la vida, no me culpo por mi planeta devastado, no miro el cielo que no hay, no oigo los gritos del hambre ni la guerra. Y no hago nada.

Cuando algún día me descuido y no me protege la rutina, me encuentro asomada al mundo que hiere. Y me interroga.

Mi mundo me mira sangrando, doliente,agonizante, preguntándome en una súplica por qué sigo llenando mis bolsillos.

l

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