Los cuentos del agua

febrero 23, 2008

Cuando por fin el pueblo se dió cuenta de tu marcha, criatura marina, comenzaron los tiempos del ocaso.

A menudo yo caminaba hacia la playa, buscando desesperadamente el roce de la arena en mis pies, como tú me enseñaste. Llegaba como un sonámbulo, dirigido por lazos invisibles y me sentaba sobre la arena, muy cerca de la orilla.

Sólo un instante me quedaba inmóvil y rápidamente en un impulso febril me desataba los cordones de los zapatos. Entonces, cuando mis pies rozaban la arena mimada de sol, recuperaba una parte de algo que solo fué un sueño infantil, arrullo de nana que canta una madre, apéndice recóndito de libertad, un sortilegio.

Enterraba los pies en la arena agradecida hasta el empeine. Llenaba mis manos de ella,  y descubria mil veces más las piedras preciosas que se guarda. La antigua arena, la vieja arena, anciana de vidas que pasaron y pasarán, depositaria de horas y silencios. La siempre cálida arena.

Allí permanecia mucho rato, criatura marina, pero siempre el exacto. El tiempo preciso en el que el sol comenzaba a ser parte de agua y se acercaba a los vivos, como un padre en búsqueda. Entonces, ya solo miraba al mar.

Antes de alejarte de aquí, sabía encontrate en tu amado mar a las horas indecisas del ocaso . Al principio yo sólo era un niño tímido, y apenas me atrevia a levantar la vista. Pero tú, no parecías ser consciente de mi presencia. O no te importaba.

Continuará..

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