las horas indecisas

abril 24, 2008

Las horas indecisas.

Parece que en estas horas, el tiempo no viaja en su recipiente. De alguna forma, las horas se quedan vacías sin nada que albergar, ni un resquicio del contenido al uso, de tiempo.

A la llegada, sólo una breve presentación en Sala tres. P. me cuenta los pacientes sin prisas, en un pase de guardia no premeditado. La paciente más joven, E. esta conectada a una bomba de helio. Tiene un broncoespasmo severo, posiblemente secundario al consumo diario de cocaína.

No parce intranquila- pero lleva ya tres dosis de tranxilium-me sonríe P.

P. se marcha aún sonriendo, y sin ojeras. Heredo una Sala 3 asombrosamente vacía. Hoy no hay camas en los pasillos, ni están ocupados todos los aislados. Hoy se siente el palido frío limpio de las camas intactas.

Empiezo a pasearme a los pies de cama, como siguiendo el ritmo de un antiguo ritual iniciático. Leo los nombres, el número de historia y el juicio clínico. Luego levanto la mirada y veo B. con ochenta y tres años dóciles, aún robusta y escapando de forma audaz a la edad que aparece en su ficha. Cabello encanecido, sobre una mirada despierta, de joven voyeur de vacaciones. Se fija en mí. Sonríe, mientras dos bolsas de concentrados de hematíes se transfunden lentamente bucando otro color. Pregunta mi nombre. El resto de la noche lo pasará cantando coplas de barrio antiguo. En las treguas que le da el evento artístico, se entretiene llamándome en un grito dulce, por toda la sala.

Son las 02:00 a.m y paso al filtro. En la recepción de pacientes se sienta sigilosa, pero eficaz, la prisa.

M. es una paciente con un problema derivado de una perforación esofágica yatrogénica. LLora. El cáteter se ha soltado y apenas puede hablar. Pero no duele. Llora silenciosa, como para no molestar. Casi pide perdón con la mirada acuosa, azul, perdida en los años que arrastra, en lo sucedido en ese tiempo- que ahora a mí me conmueve y se me antoja frío y bajo lluvia fina- mientras su esposo levanta la voz a C. y se enjuaga la frustración en las palabras de sobra conocidas, la queja díaria, partidista y cotidiana en un servicio de urgencias.

05:00 a.m. Vuelvo a sala 3. Llego de forma inexplicable, guiada eficazmente por un hábito incosciente, que me conduce desde las literas con aforo ilimitado de la novena hasta la planta semisótano. No he dormido nada y me doy cuenta, de lo mucho que estraño los trocitos de mar que ella va dejando esparcidos por la urgencia, las tímidas olas del box de reanimación, o la arena de playa en la sala de espera.

A pesar del dolor de cabeza, alcanzo a encontrar la moneda que me devuelve un café sin ansias de protagonismo y poco azúcar. Salgo un momento a la puerta. Sobre mí,el letrero luminoso antiguo, con el neón resistiendo las tormentas, guiñando urgencias con una s parpedeante y retraída, casi vergonzosa. Abajo, la lluvia de anoche. Los zuecos, empapados.

El cielo ahora es azul de ese. De ese azul de cuando subes las ventanas, porque es primavera y no sabes que haces despierto tan temprano.

Vuelvo a la Sala 3 y todos duemen. O disimulan una charla con Morfeo. Las auxiliares y las enfermeras han acampado en los escasos sillones de poliéster y se dejan parecer sordas o sufrientes, madres susurradoras de canciones de cuna.

No sé qué hacer y visito a oscuras, los pies de cama, me reitero, me miro en los sitios ya mirados. Salgo de allí. Me siento. Me miro las manos, los relojes, las nuevas ganas de todo despropósito.

Queda una hora para las 08:00 a.m. Las horas indecisas van pasando. Distraídas, extrañamente lentas e imprecisas, agotadas, casi como si llevaran algo, un peso enorme, un pedazo de nada embotellado. Como si les costara no posarse. Y vacilantes, cabizbajas, consumidas, despedirse del tiempo detenido.

l

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2 comentarios to “las horas indecisas”

  1. anonimo said

    Y las horas son letras de lo eterno, esos pellizcos sin rima, ese ritmo tedioso de novela de tercera.
    Sin embargo, unas pocas horas bien presentadas, de cadencia oportuna y rima fluida pueden merecer una vida.

  2. rqgb said

    Heredaste mi piel de lunes, mi noche de horas muertas, de filtro prestrado, de pasillos congelados…Heredaste el vacío y al mismo tiempo, la certeza de saberte en ese semisótano con vida propia que hemos mitificado y que se empeña en obligarnos a conducir en dirección contraria.
    Echo de menos tu abrazo de piel canela, tu chispa de ojos, tu alborotada melena…
    Hazme un conjuro…¡APARECE!

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