Para Henry Miller

junio 5, 2008

Hoy, otra vez, como una advertencia, como un suave recordatorio, vuelvo a padalear ese sabor agridulce que se pega al paladar, y que no se desvanece facilmente. Y ahí se ha quedado para que yo lo saboree con la cadencia de las cosas indeterminadas , aunque solo en parte, cada vez que trago saliva. Soledad. Vieja amiga soledad. Soledad en el patio del colegio, en mi clase de primero frente al pupitre y las pinturas por estrenar. La soledad de ligársela siempre al escondite. La soledad de no querer meterte en el agua a nadar como el resto de los niños. La soledad de olvidarte el bocadillo de tu madre el día de la visita al zoo.

Esa soledad de no poder explicarle al mundo porque estás tan triste. Esa soledad de no poder transmitir a nadie ni siquiera parte de mis sentimientos. Esa es mi soledad de hoy, vieja compañera, conocida desde la  imprecisa infancia. Desde las tretas inútiles de disuasión. Aquí está a mi lado. Hoy. Porque estoy triste, os echo de menos tanto, me echo tanto de menos a mí, lo que era yo cuando estaba con vosotros.

Mas sóla que la luna. Siento que todo lo que creí tan cerca, la niña  de sonrisas, las manos del gigante,  las canciones que ella me cantaba,los besos postergados, los abrazos que dan sentido a una vida  parece hoy tan lejos..

Sólo quiero descansar y saber, querer, poder..esperar que volvais pronto. Y que me traigais con vosotros de ese lugar en los arcenes de cualquier autopista dónde me encuentro, haciendo equilibrios.

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