gracias

septiembre 26, 2008

por fin poder usar los ojos para tocar algo que manufacturaste y que atravesó océnos apenas o mares medianitos pero que parecen inundar las salidas o los posibles medios de transporte improvisados, irregular puntual siempre, acertando preciso al vetado para todos los otros, guarecido lado izquierdo.

en el destierro en el que se convirtió mi patio de colegio desde que te marchaste, juego a la rayuela sola. Sobre la tierra, la he dibujado con tiza blanca y lanzo al aire mi piedrita de río, escueta y milagrosa, buscando la última casilla.

Luego, cuando no tengo ganas ni pies para marcharme, me siento despacito sobre la melancolía que libero al exhalar, que de pronto se ha transformado, en mi traje a medida, sin galones, pero con costuras exactas y aplicables. Tiene la suavidad de la piel que envuelve algunos recuerdos. De esos que nos sobresaltan en un día feliz, de un miércoles cualquiera, a las tres de la tarde.

Luego vuelvo al lugar en el aire de mi casa, me cuento los dedos de las manos y me preparo un té de guardia para mañana, recibo tu regalo. le guado dónde late y es todo.

Mañana seguiré esperándote en la playa de todos los inviernos, vigilando las olas, hasta quedarme, suavemente atardecida, con tu sol, de nuevo en las pestañas. Hasta quedarme de nuevo en las dos primeras páginas, en la inflamable trinchera de un deseo

l

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