capítulo 26

noviembre 8, 2008

Vado se había acostumbrado a encuadrarla siempre, dentro de un marco que la situaba sobre la cuesta que sube desde los soportales de la plaza nueva, hasta las escaleras de la calle Abanzos. Y era así, estaba seguro, porque precisamente allí era dónde ella se parecía más a ella, y no le costaba nada adivinarla bajo la lluvia sin paraguas ni objeciones, como la primera vez que pudo verla, por fín, tras el diluvio.

Nunca preparaba café ni se vestía hasta pasadas las doce. Todo lo demás le parecía un agravio en el apacible y concienzudo caos en que habitaba desde niño.

Vestía unas manos enormes y huesudas, que acompañaban a un cuerpo aún adolescente y flaco, y le dibujaban, para rozar un equilibrio inestable, unas espaldas anchas que se abrían sobre las clavículas, hasta un cuello demasiado largo y femenino.

Ella decía que era un parque de atracciones recorrerlo, con los montículos que suponían sus cuerpos vertebrales alineados y prominentes,  ascendiendo por las aristas de las huesudas caderas , y el pubis, al fin, insultantemente elevado, incitante.

Por eso Vado se acostumbró a recorrerla a ella por sus dunas, acariciar los pechos pequeños y calientes, descubrir los pezones titilantes y altivos, buscando curvas y no desfiladeros, encontrar la dócil terquedad del monte de venus tomado, de la columna dorsal y los omóplatos, suavemente pulidos e incautos, estremecidos bajo el tacto de la huesuda mano que los besa.

Y entonces comenzaba para ellos, el incesante juego dei aullido y el ansia, y se encontraban feroces, salvajemente lúcidos, caníbales, luchándose sobre la cama o el suelo, reconociéndose a dentelladas, jalonando los impulsos sobre las ingles, buscándose la boca como ciegos, bebiéndose, apurándose, inyectándose intravenosos y dulcemente mortales, acabándose en los límites del otro, absolutamente invadidos.

Vado se había acostumbrado a encuadrarla siempre, dentro del marco que la situaba sobre la cuesta que sube desde los soportales de la plaza nueva, hasta las escaleras de la calle Abanzos. Y era así, estaba seguro, porque precisamente allí era dónde ella se parecía más a ella, y no le costaba nada adivinarla bajo la lluvia sin paraguas ni objeciones, como la primera vez que pudo verla, por fín, tras el diluvio. l

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