De “los versos del amor lúcido”

diciembre 15, 2009

Cuando Ina conció a Janco éste ya había llegado con creces a su madurez.

Janco había pasado mucha vida cerca del mar y atesoraba en su piel- una piel que Ina estaba segura de haber soñado, pensado, pero juraría que nunca tocado-  la luz de una playa intacta atardecida ya, mecida de tiempo y horas, dónde el sol habitaba, de forma natural y acompasada, suavemente acogido a su antojo.

Ina guardaba el recuerdo sin ruidos, en un lugar cálido y arropado con un tenue ronroneo que le recordaba- como un olor solo es capaz de hacer-  a su niñez más temprana, a sábanas azules recién tendidas, a la calle de atrás, a su abuela.

Los ojos de Janco.

Los ojos de Janco tenían un color que Ina nunca aprendió a nombrar.

De tal forma fue así, que aún hoy, ella era incapaz de definir con palabras el irisado verde – profundo, absolutamente mar en calma, arrecife limpio, punta de luz, agua de diciembre y sol- protegido por espesas pestañas oscuras, que desnudaba una mirada siempre fija en un horizonte indistinguible al infinito.

Ina miraba a unos ojos que siempre fueron los únicos que la vieron.

Janco miraba con sus ojos y creaba un mundo, dónde Ina caminaba descalza, hermosa, ligera, perfecta mezcla de tacto y risa, inexplicable, como la sed de un sueño.

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