Truman o las otras formas de salvarse

junio 14, 2010

Vincent apagó las luces de la galería. Después de cerrar la puerta, ya afuera alisó el ala de un elegante panamá y se encaminó a la Tercera Avenida, golpeando la acera ligeramente con la caña de su sombrilla.

Vincent sintió como si avanzara bajo el mar. Los autobuses que atravesaban la ciudad por la calle Cincuenta y siete parecían peces de vientre verde, los rostros de los pasajeros se asomaban, meciéndose como máscaras sobre una ola. Examinó a los transeúntes hasta que finalmente la vio con su impermeable verde. Estaba en la céntrica esquina de la Cincuenta y siete y la Tercera Avenida, fumando un cigarrillo; daba la impresión de tararear una melodía. El impermeable era transparente. Llevaba pantalones negros de pinzas, sandalias sincalcetines, una camisa blanca de hombre. Su pelo era color de ante y lo llevaba cortado como un muchacho.

Cuando vio que Vincent cruzaba la calle en dirección a ella, tiró el cigarrillo y caminó deprisa hacia la puerta de una tienda de antigüedades.


Se llevó un Old Gold a los labios, buscó una cerilla y suspiró al no encontrarla. La muchacha salió del umbral. Le tendió un encendedor pequeño y barato. Mientras la llama palpitaba, sus ojos, pálidos, apagados, de un verde gatuno, se clavaron en él con alarmante intensidad; tenían una mirada perpleja, asombrada, como si se hubieran quedado abiertos para siempre después de presenciar un hecho terrible. Un flequillo irregular le caía sobre la frente; el corte de pelo a lo chico resaltaba el aspecto juvenil, un tanto poético, de su cara delgada y sus mejillas hundidas; el tipo de rostro que suelen tener los jóvenes en los cuadros medievales.

Vincent expulsó el humo por la nariz. Sabía que hubiera sido inútil hacerle preguntas y, como siempre, trató de imaginar de qué y dónde estaría viviendo.

Cada mañana y cada noche la encontraba en su puerta o cerca de la galería o fuera del restaurante donde almorzaba, siempre causando el mismo desorden inefable, la misma parálisis de tiempo e identidad..(..)

El vendedor de flores corrió a refugiarse, desviando un ojo hacia el cielo, y empujó bruscamente el carrito lleno de enredaderas y gladiolos; una maceta con geranios se vino abajo; las niñas recogieron las flores y se las colocaron en las orejas. El combinado repicar de gotas y pisadas veloces salpicó el xilófono de las aceras. Un batir de puertas, un bajar de ventanas; luego, nada. Finalmente, con pasos lentos, rasposos, ella se acercó a la farola y se detuvo junto a él. Entonces, como si el cielo fuera un espejo roto por un rayo, la lluvia cayó entre ellos como una cortina de cristales astillados.

Truman Capote. El Halcón Decapitado. (1946)
Me deja sin aliento.

G





Llevo meses leyendo a Truman Capote y he comenzado- como hago casi con todo, desde niña- a crear un ritual silencioso (por  mis costumbres nocturnas y mi respeto al prójimo) y con ciertas propiedades de invocación al sueño muy efectivas (casi barbitúricas) con mi libro. Así, por ejemplo, mientras hoy mis amigos celebraban firmas, cumpleaños y editores en la Feria del Libro de Madrid y yo vomitaba un poco de la cena de anoche y de la guardia del Viernes, me he descubierto echando de menos mi manta- a la cabeza- mi traje de pensar y mis ojeras. Así que ritualizando again, me he convencido de lo necesario de los biorritmos y el cortisol y antes de comenzar una dialéctica de joven marxista autocrítica conmigo misma, me he puesto manos a la obra- cama.

Entre las cajas , ropa, y verdaderos ácumulos de sustancia indeterminada y libros, pendientes de la mudanza, he rescatado a Truman, aproximadamente a los 18, rubiejo y con flequillo, mirada única y  esa delgadez histriónica de los adolescentes, posando con camiseta blanca y vaqueros en la portada de mi libro donde puede leerse “Cuentos Completos”. Me gusta mucho esa foto.

Y así, completando el ritual, cierro los ojos y empiezo a ver..

l

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