subir a las horas

agosto 1, 2010

Camina por la calle estrecha que lleva al museo. Piensa en como escribir esto. En los suicidios predecibles. En los otros. Se sopla el flequillo.

Sigue caminando. Acelera un poco el paso. Siempre se siente un poco extraño cuando no encuentra el rumbo o la excusa que lo ha llevado a ciertas calles o esquinas, siempre demasiado céntricas, sin puntos de fuga, sin salidas señalizadas. Solo farolas y la calurosa noche de un Agosto indeciso.

Tiene 34 años. Conoce su parte subversiva, sus consecuentes versiones, su dialéctica. Conoce muy bien sus manías, su transtorno obsesivo compulsivo, su escaso instinto de supervivencia, su implacabilidad.

Y sí, entra sin llamar y no hace falta, es cierto. Siempre esta allí. Ella vive allí, él a menudo supone que incómoda, en el piso pequeño, periférico, caluroso de su  memoria. En paz, por fin, de todos modos.

Caleb vive con otra mujer desde hace unos años. Es una buena amante. Fiel, dispuesta, bellísima. Una cara  pulida, perfecta, con altos pómulos, ojos claros intensos, pelo oscuro y salvaje, labios prominentes y solícitos. La quiere. Piensa en ella y a menudo le abruma su belleza, su inteligencia activa y la extraña facilidad con la que acontecen los días. Sin dramas. Sin destrozarse los puños golpeando al vacío. Por una vez.

Pero siempre ella. Ella. En su cabeza. En la punta de los dedos. Una boca, la tenúe luz. Una piel de tormenta. Sólo su risa. Los ojos enormes y oscuros que enmarcan un rostro aniñado que se vuelve difuso cuando él intenta enfocarla, soplar la ausencia, dibujarla. Toda esquinas, desfiladeros, precipicios. Absolutamente imperfecta, infiel, escapista. Indecisa, perdida, loca. Su sonrisa. Lo más suave que nunca tocó. Las letras en su cuerpo, su clavícula, sus venas, su espalda. Mirando por debajo de las hojas, los aviones,  la imprudencia. Siempre fronteriza y escasa. Nunca entera, nunca para él. Ya no está enamorado de ella. Pero ella y la Luna y su gesto constantemente adormecido, mirando al cielo, su sonrisa , sobre una balsa, sin llaves otra vez.-por qué será así, la vida, digo, la vida- Le espera todas las noches. Arropada en un cuarto de kilo de materia gris o roja. Imperdonable. Ella.

E. L. Caleb

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