Carta I: a Teo

enero 28, 2011

No puedo casi abrir los ojos.

Hoy me he mirado en el espejo cierto que da mi voz cuando se acuesta en una página.

Y he tenido terror de verme así, tan contrahecha. Tú lo sabes, Teo, tan deshilachada e irremediable. Tan irremediable.

Me he preguntado : soy yo? y a penas me reconocía despersonalizada, en otra realidad que me enfocaba desde otro punto de fuga recóndito, inexacto siempre y que me prefiguraba y definía como argamasa, mezcla irreflexiva de contradicciones  y muchas lágrimas, siempre bidireccionales, para desgracia y  por torpeza mía. Siempre rompiendo todo. Masticando cristales.

Teo, tengo una edad dónde aún no se ve la muerte pero se intuye.

En piel y cosas que acumulas que no caben ya casi en ningún sitio, pero son tú, y al fin y al cabo, van conformando la historia que vas siendo, a tu pesar o no, eso seguro, pero  siempre sin tu consentimiento.

Y te llenas la casa y los húmeros Teo, de las pequeñas cosas que has ido recogiendo, las que trajo la lluvia o la tormenta, las que te encontraron cuando andabas perdida, las que te bebiste aquella vez sobre su nuca, las de jersey de lana con abrazo, las que te crecieron como margaritas bajo los pies, o buscastes en el mar, como piedritas únicas, con la marea baja y toda la sonrisa de las cosas hermosas que se dejan hallar.

Y luego Teo te das cuenta, de que estás dividida, de que eres toda estancias. Dónde juegan tu voz y los ecos.*

Y al final, morimos de eso Teo, de estancias. De lugares así, Teo. Templados, con suelos de mármol y mucha luz. Vacíos. Luminosos y vacíos.

Digo Teo, y me soplo el flequillo, soy lo que ves, expiro y cargo sobre las cláviculas el mundo, intentado de alguna forma anclarme a la tierra, enraizarme. Pasar de largo el laberinto, dónde sé que Teseo no va a encontrarme. Le susurro a Ariadna.

Y ahora con mi edad imprecisa y todos estos pómulos, mis piernas heredadas, los  ojos de mi padre, soy la niña que ves y soy, tan indescifrable como entonces, cuando jugabas a buscar las latitudes de mi nombre y me escuchabas, a través de mi geografía inacabada, respirar piel.

Y saber tan poco, tan poco. Algo así como no ser para nada ya, nunca de este mundo y estar aquí, sin saber muy bien, qué hacer con tanta vida.

Invertarte algunas cosas, volátiles también para llenarte manos y minutos. Ser por un poco alguien que puede o piensa algo, que pierde o gana algo , que quiere estar aquí, por un instante o vida.

Teo, Teo, Teo

que hago yo si solo

respirar

roza la pleura.

Y me duele,

me duele

la lucha del aire con el aire.

Te quiere, siempre,

Julia

*de Federico Garcia Lorca

Carta a Teo, extraido de “Cartas autólogas”

l

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Una respuesta to “Carta I: a Teo”

  1. Tulú said

    Dicen que entre Marte y Jupiter existieron dos plantenas donde hoy está el cinturón de asteroides,
    dicen que se destruyeron y esos trozos inmensos de rocas como motas de polvo flotante son lo que quedan de ellos,
    yo creo que se amaban tanto que explotaron en el momento único en se tocaron hartos de rotar y orbitar.

    Sus dos nombres nadie los conoce, yo sí.

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