el día

marzo 9, 2012

Fue entonces cuando Caleb se dió cuenta.

Las cosas importates ocurren así.

Te sorprenden un miércoles por la noche, mientras te atabas los cordones. O esperabas el autobús. O ibas a tu trabajo en bicicleta.

En un primer momento no hizo nada. No pudo hacer nada.

Repasó lentamente las cosas que tenía pendientes, con la consciencia a cara lavada, sabiendo que no volvería a hacerlas más.

Era de noche. En este país de exilio voluntario anochecía rápido.

Bajó de la bicicleta.

Alcanzó a sentarse en el bordillo de la acera. Pasaban caminando algunas personas. No pudo verlas. Sólo la sombra que producían desde la diferencia de altura a la que se encontraba, sus pasos, presurosos, el moviento al multiplicarse por dos, por tres transeúntes, el susurro de voces en otro idioma. No el suyo.

Apoyó los codos en las rodillas, sujetándose la cabeza, en ese gesto tan suyo, que ella recordaría siempre.

Juntó sus enormes manos de gigante sobre su cara, como en una oración. Y se puso a llorar.

Lloró.

Vida, años, días, corazón, hambres, muertes, cielos, hormigas. Y áquel pájaro.

Lloró.

Ya no se le hizo tarde.

(De ” El libro de Caleb”)

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