guardia

diciembre 15, 2008

La llegada hoy no ha sido igual.

Madrid empezaba una noche de invierno sin escándalos.

Niebla. Luces difuminadas. Niebla.

Me gusta la niebla.  Nunca creeré lo que dicen de ella. Desde niña la niebla ha sido para mí, una suerte de nube que se toca, un abrazo, un abrigo, una íntima escapada al escondite, un camino, una magia dónde desapareces y todo es suave.

Como la niebla.

Hoy no ha sido igual.

La entrada a la urgencia ha sido lenta y sin sobresaltos, no sonaba el timbre de la REA, no se amontonaban las camillas en el filtro. Sin camas amontonadas en los pasillos, sin el tumulto de celadores trasportando sillas de ruedas, sin gritos, sin carreras cruzando pasillos y salas inmensas, sin nombre, abarrotadas.

El ascensor no se pierde en la azotea y me baja en un minuto del semisótano al sótano.

Mi taquilla expectante, el fonendo, las llaves, la tarjeta de entrada a este lugar dónde sabe ocurrir todo. Tropiezo con la puerta, la llave no gira, hay goteras, no encuentro la bata.

Pero el pijama verde me salva otra vez.  Me calzo los zuecos, la coleta, el medimecum.

De nuevo subo a un semisótano desconocido..duerme..o al menos, respira lentamente.

Voy a mi sala, la sala 1, solo cuatro camas ocupadas.

 María tiene 96 años y una ulcera por decúbito, pero se va a casa. Me mira con sus ojos diminutos, pero absolutamente vivos, y me recuerda que  está bien, que quiere una manzana. La arropo. La digo que se va a casa. Me sujeta la mano muy fuerte. Se queda dormida.

Luis Eduardo llegó con una taquicardia supraventricular mal revertida. Tiene que ingresar en cardiología, pero quiere marcharse. Y lo hace. Y aún no lo entiendo, rodeada de informes de altas voluntarias, de incisos  y de incoherencias. .¿cúanto cuesta una vida?

Victoría tiene una válvula mitral metálica. Le duele el corazón, pero después de contarme que su marido no ha podido venir con ella, y un calmante, se ha quedado dormida y sé  que sueña.

Leslie tiene 36 años y es epiléptica. Ahora está tranquila y sólo quiere no volver a la planta. Tiene un guedel y una ampolla de valium precargada a los pies de la cama.

Desde la Sala 1, no puede verse el cielo, ni esta noche, ni nada.

Pero esta noche, Madrid también me quiere y danza en solitario, con una cadencia suave y silenciosa.  No suena ni un suspiro, ni ambulancias, solo el acompasado tono del incesante monitor cardiaco y del oxigeno que sabe hacer burbujas. 

 Fuera la niebla cálida.

Fuera ahora no existe.

Sólo la niebla que palpita en la retina.

Sólo la niebla.

Y alguien me dijo que la nieve ardía.

 

 

 

 

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las horas indecisas

abril 24, 2008

Las horas indecisas.

Parece que en estas horas, el tiempo no viaja en su recipiente. De alguna forma, las horas se quedan vacías sin nada que albergar, ni un resquicio del contenido al uso, de tiempo.

A la llegada, sólo una breve presentación en Sala tres. P. me cuenta los pacientes sin prisas, en un pase de guardia no premeditado. La paciente más joven, E. esta conectada a una bomba de helio. Tiene un broncoespasmo severo, posiblemente secundario al consumo diario de cocaína.

No parce intranquila- pero lleva ya tres dosis de tranxilium-me sonríe P.

P. se marcha aún sonriendo, y sin ojeras. Heredo una Sala 3 asombrosamente vacía. Hoy no hay camas en los pasillos, ni están ocupados todos los aislados. Hoy se siente el palido frío limpio de las camas intactas.

Empiezo a pasearme a los pies de cama, como siguiendo el ritmo de un antiguo ritual iniciático. Leo los nombres, el número de historia y el juicio clínico. Luego levanto la mirada y veo B. con ochenta y tres años dóciles, aún robusta y escapando de forma audaz a la edad que aparece en su ficha. Cabello encanecido, sobre una mirada despierta, de joven voyeur de vacaciones. Se fija en mí. Sonríe, mientras dos bolsas de concentrados de hematíes se transfunden lentamente bucando otro color. Pregunta mi nombre. El resto de la noche lo pasará cantando coplas de barrio antiguo. En las treguas que le da el evento artístico, se entretiene llamándome en un grito dulce, por toda la sala.

Son las 02:00 a.m y paso al filtro. En la recepción de pacientes se sienta sigilosa, pero eficaz, la prisa.

M. es una paciente con un problema derivado de una perforación esofágica yatrogénica. LLora. El cáteter se ha soltado y apenas puede hablar. Pero no duele. Llora silenciosa, como para no molestar. Casi pide perdón con la mirada acuosa, azul, perdida en los años que arrastra, en lo sucedido en ese tiempo- que ahora a mí me conmueve y se me antoja frío y bajo lluvia fina- mientras su esposo levanta la voz a C. y se enjuaga la frustración en las palabras de sobra conocidas, la queja díaria, partidista y cotidiana en un servicio de urgencias.

05:00 a.m. Vuelvo a sala 3. Llego de forma inexplicable, guiada eficazmente por un hábito incosciente, que me conduce desde las literas con aforo ilimitado de la novena hasta la planta semisótano. No he dormido nada y me doy cuenta, de lo mucho que estraño los trocitos de mar que ella va dejando esparcidos por la urgencia, las tímidas olas del box de reanimación, o la arena de playa en la sala de espera.

A pesar del dolor de cabeza, alcanzo a encontrar la moneda que me devuelve un café sin ansias de protagonismo y poco azúcar. Salgo un momento a la puerta. Sobre mí,el letrero luminoso antiguo, con el neón resistiendo las tormentas, guiñando urgencias con una s parpedeante y retraída, casi vergonzosa. Abajo, la lluvia de anoche. Los zuecos, empapados.

El cielo ahora es azul de ese. De ese azul de cuando subes las ventanas, porque es primavera y no sabes que haces despierto tan temprano.

Vuelvo a la Sala 3 y todos duemen. O disimulan una charla con Morfeo. Las auxiliares y las enfermeras han acampado en los escasos sillones de poliéster y se dejan parecer sordas o sufrientes, madres susurradoras de canciones de cuna.

No sé qué hacer y visito a oscuras, los pies de cama, me reitero, me miro en los sitios ya mirados. Salgo de allí. Me siento. Me miro las manos, los relojes, las nuevas ganas de todo despropósito.

Queda una hora para las 08:00 a.m. Las horas indecisas van pasando. Distraídas, extrañamente lentas e imprecisas, agotadas, casi como si llevaran algo, un peso enorme, un pedazo de nada embotellado. Como si les costara no posarse. Y vacilantes, cabizbajas, consumidas, despedirse del tiempo detenido.

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